Homilía Domingo XXIV, Celebrando el día de la Familia

Homilía del Domingo XXIV, celebrando el Día de la Familia.

El Señor trata de hablarnos y lo ha hecho, como suele hacerlo, mediante una parábola. Para hacerse entender, utilizaba estas comparaciones, porque Él se movía en medio de gente sencilla, humilde, sin mucha instrucción. Sin embargo, estas palabras también son válidas para la gente letrada, para los ilustrados y para nosotros. Creo que se ha dejado entender muy bien, pero trataré de hacer alguna reflexión.

No sé si alguna vez he compartido con ustedes que, cuando viajo en taxi, me gusta sentarme en el asiento del copiloto para conversar con los taxistas. Como movilizan a tanta gente, se enteran de muchos asuntos del país y de muchas otras cosas.

En una oportunidad me tocó viajar con un señor. Yo siempre me identifico como sacerdote y, cuando se lo dije, me respondió:

—¡Ay, padre, qué bien! ¡Qué gusto! Tengo que contarle que soy un gran lector de la Biblia. Para mí, padre, la Biblia es una historia de amor.

—¡Ah! —le dije—. Ciertamente, usted ha expresado muy bien lo que es la Biblia.

La Biblia es, ciertamente, una historia de amor: la historia del amor gratuito de Dios. Esto es muy importante: es un amor que ama sin condiciones. Todo lo que está escrito en la Biblia tiene que ver con ese amor gratuito.

Porque ama gratuitamente, Dios creó el mundo, al hombre y todo cuanto existe. Porque ama gratuitamente, eligió al pueblo de Israel. Porque ama gratuitamente, lo liberó de la opresión de Egipto con brazo extendido y mano fuerte. En las diversas situaciones en las que intervino y se manifestó ante su pueblo, Dios lo hizo con amor gratuito, con misericordia y con mucha compasión. Siempre estuvo dispuesto a perdonar gratuitamente a su pueblo, que en muchas oportunidades le fue infiel.

Pero la manifestación más grande de ese amor gratuito de Dios es Jesucristo.

Jesucristo vino precisamente para hacernos ver directamente quién es ese Dios a quien no vemos y cuáles son sus sentimientos más grandes y profundos. Por supuesto, mediante sus acciones quiso mostrarnos el amor gratuito de Dios, que ama sin imponer condiciones a la persona: la ama como es, con sus cualidades y sus defectos. Al mismo tiempo, le señala el camino que conduce a la salvación.

Recordemos la parábola del hijo pródigo o, mejor dicho, del padre misericordioso. Aquel padre representa a Dios; así quiso mostrárnoslo Jesús. Cuando su hijo regresa a casa, después de haber gastado todo su dinero llevando una vida desordenada, al padre solamente le interesa recuperar a su hijo. No le pide cuentas; lo que le importa es que haya regresado vivo.

Por eso exclama: “Este hijo mío estaba muerto y ha vuelto a la vida; estaba perdido y lo hemos encontrado”. Entonces pide que lo limpien, que le cambien de ropa, que le pongan sandalias y que preparen una fiesta porque su hijo ha regresado vivo.

El hermano mayor no tiene los mismos sentimientos; todo lo contrario. Pero el padre no le pide cuentas al hijo que ha vuelto: lo recibe tal como es, sano y salvo. Por supuesto, suponemos que después le recordará cuál es el buen camino que debe seguir.

Lo mismo sucede cuando Jesucristo se encuentra ante la mujer adúltera, a quien, según la ley de Moisés, querían apedrear. Jesús permanecía tranquilo; nunca perdía la paz. Entonces dijo:

—El que esté libre de pecado, que tire la primera piedra.

Y todos fueron retirándose uno por uno, comenzando por los más ancianos.

Ciertamente, fueron honestos: reconocieron que eran pecadores y que no tenían derecho a quitarle la vida a aquella pobre mujer. Jesús se quedó a solas con ella y le preguntó:

—¿Ninguno te ha condenado?

—Ninguno, Señor —respondió ella.

—Pues yo tampoco te condeno. Vete y no peques más.

Jesús perdonó gratuitamente su pecado, a pesar de lo que había cometido, pero también le dijo: “No peques más”. Es decir, le señaló el camino y le hizo comprender que no debía reincidir en aquel pecado tan grave.

Esas son algunas de las maneras en las que Cristo nos muestra a este Dios que ama gratuitamente y que siempre está dispuesto a perdonarnos. Podríamos continuar comentando este texto, pero nos extenderíamos demasiado. Lo que quiero ahora es relacionar todo lo que acabo de decir con la familia.

Comencemos recordando que el matrimonio nace de una experiencia de amor gratuito. Así es: de un amor totalmente gratuito que, para nosotros, los que tenemos fe, viene del cielo. Es muy cierto aquel dicho: “Matrimonio y mortaja, del cielo bajan”.

¿Por qué este hombre tuvo que fijarse precisamente en esta mujer, existiendo millones de mujeres en el mundo? Y viceversa: ¿por qué ella se fijó precisamente en este hombre? Ese es un misterio, un don gratuito que viene del cielo, cuando realmente se trata de un amor auténtico.

Ambos aprenden a amarse, descubriendo cada día las diferencias que existen entre ellos. Por supuesto que hay diferencias, pero, a pesar de todo, continúan amándose. Tendrán dificultades, quizá con los suegros o con sus propios padres, pero el amor está de por medio y, por eso, suelen perdonarse y seguir adelante.

Así van construyendo una familia y un hogar. Envejecen juntos, amándose. A mí me conmueve mucho ver a las parejas de personas mayores que han permanecido unidas durante toda la vida y que continúan juntas hasta la muerte.

Siempre suelo decir en los matrimonios que la mejor herencia que los padres pueden dejarles a sus hijos es que vivieron amándose y murieron amándose. Por supuesto, con un amor totalmente gratuito. ¡Qué hermoso!

También es una alegría encontrar en la vida amigos que nos estiman y nos quieren como somos, con nuestras cualidades y nuestros defectos, y que continúan siendo los amigos de siempre. Eso es muy hermoso. Y cuando encontramos en un hogar a una pareja que se ama de esa manera, eso es hermosísimo.

Ese amor y ese perdón también los tienen los padres con respecto a sus hijos. Mi mamá siempre decía: “Mis hijos son como los cinco dedos de la mano: todos son diferentes, pero a todos los quiero”. Nos quería siempre, a pesar de cómo éramos.

Suele decirse también que la madre quiere de una manera especial a la oveja perdida. Así es, porque le nace quererla, le nace amarla. Eso es admirable; es algo muy grande.

Cuando la familia vive de esa manera, se convierte en un anticipo de lo que queremos que sea nuestra sociedad. He llegado a comprender que la sociedad peruana no cambiará mientras no tengamos familias que, mediante su experiencia familiar, anticipen aquello que queremos para nuestro país: que la sociedad peruana sea una gran familia.

La familia es también un anticipo de lo que queremos que sea la Iglesia: una comunidad en la que esté presente el Reino de Dios. En la familia, por supuesto, el Reino de Dios está presente; Dios está presente. Por eso, la familia es también un anticipo de lo que queremos que sea nuestra Iglesia: una gran familia.

Así que mucho ánimo a todas las familias y a todos los esposos que, motivados por este amor gratuito, están empeñados en formar una familia y construir un hogar que sea realmente un anticipo de lo que queremos para el futuro de nuestra sociedad peruana y de nuestra Iglesia católica: que lleguemos a ser una gran familia.