Es una gran alegría celebrar con ustedes esta Eucaristía en la fiesta de nuestra querida santa Rosa, Rosa de Lima.
Cuando nació Rosa, Lima era una ciudad todavía pequeña: tenía unos quince o veinte mil habitantes, entre españoles, africanos e indios. No pasaba de veinte mil. Ella creció en un ambiente muy religioso, tanto en su familia como en la sociedad. Desde niña aprendió a conocer a Dios, a amar a Dios y a amarlo en la persona de Jesucristo, nuestro Señor, que es lo más importante.
El pueblo ha resaltado mucho sus sacrificios y sus mortificaciones. Está bien, pero lo más importante en su vida fue esa experiencia profunda, honda, de Jesucristo, con quien llegó a identificarse en su persona y en su misión.
Aprendió poco a poco a descubrir que la vida cristiana se sintetizaba en el amor: el amor profundo a Dios en la persona de Jesucristo, nuestro Señor; el amor al hermano, al necesitado, sobre todo y el amor a sí mismo.
Había escuchado, por supuesto, esa enseñanza de Cristo cuando un escriba le pregunta: «¿Cuál es el mandamiento más importante de la Torá, de las Escrituras?». Y Jesús le dice: «Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu vida, con toda tu alma, con toda tu mente, y al prójimo como a ti mismo».
Al prójimo, al hermano, sobre todo al hermano necesitado. Porque, cuando el escriba le pregunta: «¿Y quién es mi prójimo?», él le cuenta la parábola del buen samaritano. Entonces, ella aprendió a vivir profundamente ese amor a Dios, a Jesucristo, y ese amor al hermano.
Por eso, ella es un ejemplo y un testimonio de oración: de oración profunda, contemplativa, mística. Mandó que le hicieran una ermita en el jardín de su casa. Esa ermita estaba construida de barro y en ella pasó muchas horas en oración, además de participar en las liturgias en la iglesia del convento de Santo Domingo, que aún existe. Era una terciaria dominica.
Luego cruzaba el único puente que había sobre el río Rímac para ir al encuentro de los más pobres, de los más necesitados, sobre todo de los que se encontraban entre los africanos y los indios, y especialmente de los enfermos, para asistirlos con tanto amor, con tanta entrega. También algunos venían a su casa y ella los asistía con el mismo amor y la misma entrega.
Ese es el ejemplo, el testimonio principal que nos da santa Rosa de Lima. Y en eso, ciertamente, podemos nosotros imitarla, sin necesidad de tantos y grandes sacrificios y mortificaciones, que tampoco son necesarios para la santidad. Hay santos que no han hecho ese tipo de milagros y son santos porque la santidad está, sobre todo, en encontrarse con Dios y, para los cristianos, en encontrarse sobre todo con Jesucristo; en identificarse profundamente con su persona y con su misión; en seguirlo, llevando a cabo la misión del mismo Cristo, como lo hizo santa Rosa de Lima.
Por supuesto, ella todo eso lo vivió con mucha hondura con mucha profundidad. ¡Qué bien que la Iglesia nos presente este texto en el que Jesús cuenta dos parábolas para que podamos entender lo que significaba el reino de Dios: la parábola de la semilla de mostaza y la de la levadura!
Rosa de Lima fue, ciertamente, como esa pequeña semilla de mostaza: pequeñita, muy humilde, muy sencilla. Pero poco a poco fue creciendo, gracias al Espíritu de Dios. Fue creciendo, haciéndose grande a los ojos de Dios y a los ojos de los limeños, porque los limeños llegaron a conocerla y a admirarla por su santidad.
Llegó a ser grande ante Dios y ante los limeños, de tal manera que, cuando murió, se volcó la ciudad para verla por última vez. Y más aún el día de su entierro: fue algo apoteósico, aclamando a esta santa de verdad, a esta santa peruana y limeña.
También santa Rosa fue y sigue siendo como la levadura que fermenta, que influye no solamente en la masa peruana, sino en las masas del mundo entero.
Yo, perdónenme, por el trabajo que tuve con el padre general de mi congregación durante doce años en Roma, tuve que viajar muchísimo, a los cinco continentes. Ya había estado en Roma cuando era joven, estudiando, pero volví y, en esta ocasión, tenía que visitar las comunidades de nuestra congregación.
Éramos cuatro consejeros; con el padre general, cinco. Nos desplazábamos a distintas partes del mundo. Así pude ir a los cinco continentes; no a todas las ciudades, pero sí a los cinco continentes. Y adonde fui y encontré iglesias católicas, estaba santa Rosa de Lima o era conocida Rosa de Lima. Es decir, esa mujer, cuya grandeza fue su santidad, fue conocida en el mundo entero.
Además, hace siglos el papa la declaró patrona de toda América, tanto del norte como del centro y del sur. ¡Patrona de toda América y de Filipinas, que dependía de España! Y sigue ella fermentando las masas del mundo entero, siendo conocida. También san Martín de Porres. ¡Son nuestros más grandes embajadores! ¡Qué honor!
Eso es un desafío para nosotros, porque nosotros tenemos que ser como ellos. Tenemos que tratar de ser como santa Rosa de Lima en lo esencial, en lo fundamental: tratar de unirnos, como hizo ella, a Jesucristo, nuestro Señor; identificarnos con su persona, identificarnos con su misión.
Es decir, tratar de amar a Dios con todo nuestro corazón, con toda nuestra vida, con todo nuestro ser; a Dios en Jesucristo. Y amar a nuestros hermanos, sobre todo a los más necesitados, a los que necesitan que los ayudemos, que les demos la mano, como lo hizo santa Rosa de Lima.
Que ella nos acompañe, nos proteja; que siga protegiendo al Perú y a las instituciones que la tienen como patrona. Y que nosotros tratemos de responder a ese desafío, que es fundamental, pero no es imposible de cumplir.
Que así sea.